Un cuento de invierno de Emmanuel Lafont

UN CUENTO DE INVIERNO de EMMANUEL LAFONT

UN CUENTO DE INVIERNO

“Me gustaría ser más rápido y preciso con el lápiz para no dejar escapar el instante, atrapando mi vida a pedazos, prescindiendo de la cámara fotográfica. Sería genial. Mis cuadernos de viajes serían mis álbumes de fotos. Mis recortes. Mis diarios. Mi mundo”.
La obra de Emmanuel Lafont le define como un artista con pleno dominio del dibujo y como un excelente narrador de historias. No es tan sencillo. Es sin duda creador de un universo fantasioso e inmenso. Un universo aderezado con visos surrealistas e incluso dadaístas, conceptualmente hablando. Un universo en el que el orden de los factores no altera un resultado final, del que nos creemos que es real, rendidos al asombro. Tenemos la opción de quedarnos en una primera lectura, dejándonos ganar por la idea del fotomontaje clásico. Pero el artista nos somete al hecho puramente analítico, nos hace pensar en la posibilidad de un nexo natural entre dos realidades, dibujadas, aparentemente inconexas. Ese nexo tiene un nombre: Emmanuel Lafont. Devorador incansable de imágenes, paso previo y necesario, para crear nuevas. Sacrifica realidades para crear fantasías. El collage no es una técnica, es un recurso al que hace añicos en su sentido más académico. Él dibuja el collage, juega con las diferentes pieles de la realidad, desafiando cualquier lógica. No es extraño encontrar al artista perdido en los rastros o bien perdiéndose entre cajas repletas de fotografías, recuerdos de otras vidas, en algún anticuario, en cada ciudad que visita. Es un entusiasta del pasado que otros desechan. Para él el pasado es una provocación, como quien activa el subconsciente creativo. No se ha parado a analizar la composición fotográfica que ha caído en sus manos cuando ya siente la capacidad, la necesidad, de transformar el destino de ese fragmento de vida. Conocer no es imprescindible, es la excusa perfecta para encontrarse en el pasado, en el presente o el futuro. Su curiosidad es desbordante, y activa el proceso creativo sin límites. Sus proyectos nunca empiezan o acaban, se abren a secuelas o precuelas.
Un cuento de invierno debe entenderse por fases, capítulos, a cada cual más intenso. Hay un punto de inflexión previo en la trayectoria del artista al cumplir los 35 años. En ese momento decide que al margen de contar historias a través de su obra, desea vivirlas, desde la propia obra, pero desde otro prisma. El efecto es exquisito potenciando su lado más íntimo en cada trazo. Su vida transcurre en paralelo a sus hallazgos. Tesoros. Él dibuja incansable. Se obsesiona, centra su búsqueda en las vidas de los protagonistas anónimos de las fotografías. Raramente obtiene un resultado convincente que le aparte de su objetivo. Otras veces, lejos de darse por vencido, crea resultados que desea, saciando, por momentos, su creatividad. Su obra surge de recortes, pedazos de la vida de otros, así como de la propia. Se acompaña siempre de un pequeño cuaderno, en el que toma notas escritas y dibujadas. Algún billete de trayecto en tren pegado en una página perdida, textos con los que remarca sus recuerdos, anécdotas al fin y al cabo, que transcurren en su búsqueda. El artista narra ordenado la historia, en la que los puntos y aparte son llamados “la casualidad”. Esas “casualidades” se abren a nuevas historias paralelas que acaban siendo un foco más. Los demás nos limitamos a “escuchar”, ver. Vislumbramos la ilusión de un niño en todos y cada uno de sus pasos tras la pista de Franz Maes; imaginando la vida de quien sostenía la copa que, tras un sorbo, posó sobre ese posavasos de los años 20; o de la vida inusual, para la época, de un matrimonio alemán que echó raíces en Mallorca. La madurez nos llega gracias a un elemento extraordinario: el dibujo. Sus manos temblorosas por la emoción al explicar el proyecto, curiosamente se contienen en la calma absoluta ejecutando la obra. Horas y horas, días, sólo el artista, el lápiz, el carboncillo, el papel, la tela o la piedra litográfica, hilando historias a compartir. Y de repente nos provoca gracias a obras inmensas, imponentes, carboncillo sobre tela por vez primera. Si algo tiene Emmanuel Lafont es respeto, coherencia, responsabilidad en todo lo que hace. Deja el azar para el proceso de investigación previo escribir, dibujar, la historia. En la obra en sí la suerte ni se echa, ni espera ser echada. Un cuento de invierno se inició hace dos años. Es un proyecto en el que se entrelazan diferentes caminos, que el artista ha recorrido, literalmente. El querer conocer más sobre escenas atrapadas en fotografías antiguas y en otros elementos de otras épocas, le han llevado a Bélgica, Berlín, Grenoble, Polonia y Ámsterdam, entre otras ciudades europeas para establecer un nuevo camino a recorrer, a través de su obra. A ese paseo, para nuestro placer, sí estamos invitados. Para él se ha convertido en un estilo de vida, cual nómada. Las fotografías cuentan historias, pero él necesita conocerlas de primera mano. Busca conexiones, entrelaza momentos, y distorsiona realidades. Y ahí está su propio cuento: La obra. Una fórmula literaria recurrente podría ser una historia con diferentes finales, pero Emmanuel Lafont no podría someterse a un solo recurso literario. Disfruta, y mucho, escribiendo historias con diferentes inicios para un solo final, para placer nuestro, al visitar una de sus exposiciones. Un “Érase una vez” resulta ser una antigua caja repleta de servilletas de papel, postales y posavasos, regalo de una buena amiga en Berlín. Paralelamente discurre su propia vida, intensa de por sí, tras otras vidas. Convertidas éstas en imágenes contemporáneas que atrapa en su móvil o en su retina, para traspasarlas a su cuaderno (fue precisamente en Berlín donde aparece por primera vez el color en sus anotaciones). Simultáneamente visita a menudo Mallorca, para mantener vivo su idilio con la piedra litográfica. Un idilio iniciado hace unos años gracias a un punto y aparte. Al ser preguntado por lo que le aporta el dibujar una imagen sobre la piedra para ser estampada, no lo puede explicar. “La piedra es un elemento romántico, fascinante. Dibujar una imagen sobre una piedra, es tensión. Si sale bien es toda una liberación. Lo mejor de la obra gráfica que se incluye en la exposición Un cuento de invierno, es que refleja de alguna manera mi proceso natural. No he dado por acabadas las imágenes en la litografía, he seguido con ellas gracias a la xilografía, poniendo el color del proyecto”. Curiosa fórmula para quien crea nuevas realidades a partir de realidades del pasado, transformadas en obra gráfica original gracias a una técnica de estampación con más de 200 años de historia, hoy.
El Lafont narrador cree en el destino, sin ser consciente que en parte es un destino creado por él. No se sabe artífice de ese nexo entre un pasado y un presente, equidistantes, a su suerte. Un cuento de invierno es, quizás, el proyecto más personal de Emmanuel Lafont. Por primera vez el artista descubre gran parte del trabajo previo a las imágenes basado en la investigación, por otro lado inacabada. Esta exposición es un despliegue de la personalidad del artista, quien piensa a lo grande y a lo pequeño por igual; que muestra la pasión por un pasado, al que no renuncia, para sólo así poder, en ocasiones, sostener un presente irreversible y demasiado denso. Un cuento de invierno es Emmanuel Lafont.
Bel Font
Palma, Octubre 2017

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Exposiciones